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El rincón de las palabras por Tino Pertierra Entrevista a Carlos Ruiz Zafón Firma Invitada Manuel García Rubio Faulkner, maestro de escritores por José Feito Club de lectura Links Contacto Webmaster ------------------------------------
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Leí en algún sitio que el ser humano no sobreviviría si no hubiera gérmenes a su alrededor, a pesar de que estos pueden matarle. Lo cierto es que están por todos lados pero hasta que no atacan no los reconoces. Yo, por ejemplo, tardé casi un año en descubrir la bacteria que me acecha en la oficina. Se llama Clara, aunque de rubia sólo tiene el bote, y de casera la lata, vamos, la mucha que da ella. Como buen agente invasivo, aprovecha cualquier ocasión para instalarse en la parcela de los méritos ajenos. Pero eso sólo lo hace cuando la técnica del ataque al cuerpo objetivo no le da resultado. En su caso, lo de ir al despacho del jefe a infectar la herida de un mal día, surtió efecto. Lo malo de las infecciones es que la herida supura, aunque parece que no tuvo mucho reparo en tragarse la pus que había generado. También mi relación con Mario estuvo expuesta a los bichitos. De hecho, creo que inoculamos el virus de la rutina. Y es que la seguridad social -ésa que nos daba tenernos el uno al otro, al menos ante los demás- no cubría los gastos de la vacuna, y con lo cara que está la vida, como para ir al médico por esa tontería. Luego están los protozoos, o sea, el capullo de mi ex-novio y la petarda de mi vecina, que desde que se han liado, aprovechan para despertarme con sus sesiones de sexo salvaje a golpe de cabecero. Puede parecer que mi vida sería mucho mejor sin la presencia de estos microorganismos, pero. Gracias a la bacteria me he dado cuenta de que, aunque aún no sé quién soy, sí sé lo que no quiero ser; el virus me ha ayudado a comprender que la soledad elegida puede hacer más compañía que la soledad en pareja; y puede que ése par de protozoos me despierten algunas noches, pero desde luego, nunca me han quitado el sueño.
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